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MAMANDO EL RABO

martes, 8 de junio de 2010

EL SEÑOR JUAN

Al señor Juan lo conocía prácticamente desde siempre. Era el típico solterón maduro al que nunca se le había conocido relación con mujer alguna.
Vivía en el piso de enfrente. Una tarde me tocó al timbre para pedirme el favor de ayudarle a mover un mueble de sitio. Una vez acabamos me ofreció una copa. Estuvimos charlando un rato. Me contó que cuando era más joven había tenido una novia, pero sufrió un desengaño amoroso con ella, por lo que decidieron dejarlo. Nunca más volvió a encontrar el amor. El tiempo fue pasando, parecía como si le fuera cayendo encima. En fin, que se encontraba muy solo. Iba notando la falta de cariño y se sentía mayor.
Desde pequeño me he sentido atraído por los hombres bastante más mayores que yo y mi vecino Juan siempre me había gustado. Nunca hubiera sido capaz de insinuarme. Aquella tarde, ya fuera porque me tocó la vena sensible o por los efectos que el alcohol iban causando en mi, no quise perder la ocasión.


Acercándome peligrosamente a él, junté mis labios con los suyos. Nada más lejos que rechazarme, el señor Juan metió la lengua dentro de mi boca y toda la soledad que llevaba acumulada se transformó en el total olvido de la racionalidad.


Tanto tiempo había estado soñanando con él. Tanto como le había estado deseando. Siempre había querido que llegara ése momento. Me había imaginado acariciándole todo el cuerpo, lamiendo cada centímetro de su piel, comiéndomelo a besos...


Fantaseaba tanto con cuál sería el sabor de su polla
que, apenas bajé la cremallera de sus pantalones, pantalones de señor mayor, la extraje junto con sus
gordas y sonrosadas pelotas tragándomela de golpe
hasta notar su capullo palpitando en lo más hondo de mi garganta.


A medida que nos iba subiendo la temperatura del deseo, nos desprendíamos de la ropa sin dejar de reconocernos los cuerpos; sin dejar de saboreárnoslos.


En verdad, quería ser del señor Juan. Quería pertenecérle como el alumno que pertenece al maestro. Cópula de los sentidos, cópula interminable de los cuerpos.


Mi vecino de enfrente no dejaba de aferrarse a mi cuerpo. Sus manos, firmes garfios de lujuria tanto
tiempo acumulada, ardientes brasas de un rescoldo
reavivadas, plumas de ternura ya casi olvidada.


Allí estaba yo, recibiendo por el culo la increíble firmeza de la polla del señor Juan que ni por un momento dio muestras de cansancio por su parte.


Plácidamente se fué relajando, volviendo a meterme
la lengua en la boca, sacando poco a poco la polla de mi culo.


Yo lo quería, él también. Recibí en mi cara la corrida del señor Juan.

BMB

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